Caídas

Hacía tiempo que no me caía. Literalmente caerme al piso y sentir físicamente el color morado comenzar a formarse en el lateral de mi muslo derecho. Al pasar los días se ha comenzado a expander y cada ocasión que tiene para recordarme que vive, lo hace. Caerse siempre molesta, pero esta vez no es porque no frené a tiempo en la bici, o estaba corriendo con amistades hasta la meta y me tropecé. No, esta vez me encontraba totalmente desalarmada, consciente de mis pasos y sintiéndome segura de mi misma, quizás eso es lo que más me duele y no tanto el golpe que me dejó. Ahora cuando caigo, lo hago desde 5 pies y 7 pulgadas de altura y 22 años de experiencia en mi cuerpo. Las caidas de ahora duelen más por la autoestima y no el golpe. El problema es que ahora, caerme no es solo físico, me lleva a pensar que nada va como planeado y que mis 22 años no se ven como yo los pensaba mientras soñaba despierta en cómo mi vida iba a ser. Es de esas caídas que traen todo a la superficie y te obligan a hacer caer todo en tu vida para poder, por fin, ver las cosas como son. Rechazos, preocupaciones, oportunidades perdidas, todo lo que ha ocupado tu mente durante meses y no ha parado de ser el sabor conocido en cada comida del día. Todo viene en un instante con ese golpe que ahora tendré por semanas.

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